Jueves, 19 Julio 2012 13:34

Nueva evangelización y América Latina

 

Nueva evangelización y América Latina

(Conferencia a los Embajadores de América Latina ante la Santa Sede) Roma, 21 de junio de 2012

S.E.R. Mons. Rino Fisichella Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización

 

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El interés que la institución del Pontificio Consejo ha suscitado en el mundo es verdaderamente extraordinario, y la expectativa creada manifiesta, una vez más, la intuición "profética" de Benedicto XVI. Utilizo intencionalmente el término "profético", con toda la fuerza de su connotación teológica: en efecto, aspira ante todo a hacer reflexionar sobre el presente de la vida de la Iglesia. El tiempo que vivimos nos exige una mirada llena de realismo, para comprender la responsabilidad que cada uno tiene que asumir.

Al mismo tiempo, "profético" significa mirar el futuro con grandeza de alma, para que no nos encuentre desprevenidos ni pasivos, sino capaces de una reacción libre, consecuencia de una fe vigilante y atenta.  La decisión de Benedicto XVI de instituir el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización se hizo pública durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de los santos Pedro y Pablo. En la basílica de San Pablo Extra Muros, durante la homilía el Santo Padre manifestó: "he decidido crear un nuevo organismo, en la forma de «Consejo pontificio», con la tarea principal de promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de «eclipse del sentido de Dios», que constituyen un desafío a encontrar medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo". El nacimiento oficial del nuevo Dicasterio, con la carta Apostólica Ubicumque et semper, corresponde al 21 de septiembre de 2010, fiesta litúrgica de San Mateo apóstol y evangelista. La elección es simbólica y  posee un significado claro: la nueva evangelización está en continuidad con el mandato de Cristo de enviar a sus apostóles por el mundo entero, y este mandato encuentra en el Evangelio su punto fundamental. El Papa quiere infundir nueva fuerza al espíritu misionero de la Iglesia, especialmente en aquellos lugares donde la fe parece debilitarse cada vez más, acosada por las consecuencias del secularismo.

Uno de los primeros datos que surge del análisis cultural de nuestro tiempo es el tentativo angustioso de obtener la propia autonomía. El hombre contemporáneo está fuertemente marcado por el celo que muestra frente a su propia independencia y responsabilidad personal. Abandonada la relación con la trascendencia, se ha vuelto alérgico a toda forma de pensamiento especulativo y se limita al simple momento histórico, considerando como verdadero sólo lo que es fruto de verificación científica. Ha caído además en una suerte de empirismo pragmático que lo lleva a sobrevaluar los hechos por encima de las ideas. Sin ninguna resistencia cambia velozmente su modo de pensar y de vivir, convirtiéndose cada vez más en un sujeto cinético, siempre dispuesto a experimentar; deseoso de involucrarse en todo juego, aunque sea más grande que él, especialmente si lo sumerge en aquel narcisismo, ya ni siquiera ocultado, que lo engaña sobre la esencia de la vida. Nos encontramos ante una explosión de reivindicaciones individuales que tocan la esfera de la vida sexual, de las relaciones interpersonales y familiares, de las actividades laborales como las del tiempo libre. Los espacios de la enseñanza y de la comunicación, junto con el entero ámbito de la vida,  han quedado fatalmente modificados. En definitiva, se ha creado una situación completamente nueva, en la que se quieren sustituir los antiguos valores, especialmente aquellos del cristianismo. En un horizonte como éste, en el que el hombre ocupa el lugar central y se convierte en la medida de toda forma de existencia, Dios se vuelve una hipótesis inútil, cuando no un adversario a eliminar.

De este modo, Dios pierde su centralidad. La consecuencia que se deriva es que también el hombre pierde su lugar. El "eclipse" del sentido de la vida reduce al hombre a no saber ya cuál sea su ubicación, a no encontrar lugar en la creación y en la sociedad. De alguna manera cae en la tentación prometeica y se engaña, creyéndose señor de la vida y de la muerte, porque es capaz de decidir el cuándo, el cómo y el dónde. Una cultura, en fin, tendiente a idolatrar la perfección del cuerpo, que selecciona las relaciones humanas sobre la base de la belleza física, termina por olvidar lo esencial. Así se cae en una especie de narcisimo constante que impide fundar la vida sobre valores permanentes y sólidos, para limitarse a lo efímero. Este es el gran desafío del futuro: quien quiera vivir como si Dios no existiese lo puede hacer, pero debe saber lo que le espera. Debe saber que esta decisión no es premisa ni de libertad ni de autonomía. Limitarse a disponer de la propia vida no podrá nunca satisfacer la exigencia de libertad. Silenciar el deseo de Dios, radicado en la intimidad más profunda, no llevará nunca a conseguir la autonomía. El enigma de la existencia personal no se resuelve rechazando el misterio, sino optando por sumergirse en él. Este es el camino a recorrer; todo atajo, en realidad, no lleva sino a perdernos en los laberintos de la espesura, en los que es imposible ver tanto la salida como la meta a alcanzar. Como puede verse, la crisis es ante todo antropológica y cultural. El hombre está en crisis. Ya no es capaz de encontrarse a sí mismo, por haber hecho caso a pensamientos lisonjeros, sobre todo por haber creído alcanzar la edad adulta, convirtiéndose en dueño absoluto de sí mismo, independientemente de toda autoridad.

Es extraño verificar esta condición en países plasmados por la fe cristiana. La decisión que muchos están llevando adelante de permanecer neutrales frente a la religión es lo más dañino que se pueda imaginar. Para occidente, las religiones no pueden ser todas iguales. No estamos en una noche oscura donde todo es incoloro. El primado de la razón, conquistado a lo largo de los siglos, no puede diluirse justamente ahora en un igualitarismo de arenas movedizas que impide pronunciar una palabra crítica. La razón está llamada a discernir entre las religiones y a elegir, reconociendo el propio origen y los aportes recibidos. Vivir de indiferencia, agnosticismo y ateismo no sólo no permitirá jamás encontrar una respuesta al sentido de la vida, sino que no permitirá tampoco alcanzar el objetivo de la unidad en este mundo. No se debería repetir, entonces, el error de otras épocas que concebían lo nuevo como ruptura con el pasado. No es así como progresa la historia. No es marginando o exorcizando al cristianismo como se podrá lograr una sociedad mejor. Este tipo de lectura no sólo es miope, sino también equivocada en sus premisas. No se formará una identidad madura ni para los individuos ni para los pueblos si se prescinde del cristianismo. Es verdad: nuestra historia está marcada por luces y sombras, pero el mensaje que anunciamos es de genuina liberación para el hombre y de progreso para los pueblos. En los últimos decenios estos valores se han oxidado y están expuestos a un terrible desgaste no tanto por el pasar de los años, sino por la erosión de fenómenos culturales y legislativos que socavan el tejido social. Haber abierto las puertas de par en par a presuntos derechos no ha traído mayor cohesión ni más sentido de responsabilidad. Al contrario, lo que se ha verificado es el preocupante encierro en un individualismo sin salida, que antes o después, lleva a la asfixia de las personas y sociedades. No es fácil el camino que debemos recorrer. Pero los desafíos que encontramos tienen que ser enfrentados, analizados y estudiados, de manera que se pueda crear una proyectualidad que corresponda a un verdadero progreso para todos. Se nos pide, sobre todo, una tarea muy particular: evitar caminar en soledad.  Nosotros, de todos modos, no podríamos hacerlo, no seríamos capaces, porque por naturaleza somos católicos, esto es: abiertos a todos y deseosos de acompañarnos unos a otros para ofrecernos la riqueza de la fe.  Por tanto es necesario salir de una forma de neutralidad en la que muchos países se han encerrado, con tal de no tomar partido a favor de la propia historia. Si Occidente se averguenza de lo que ha sido, de las raíces que lo sostienen y de la identidad cristiana que todavía lo plasma, entonces no tendrá futuro. La conclusión no podrá ser otra que la una decadencia inevitable. Nuevamente hay que poner algunos valores en el centro del empeño cultural y político. En primer lugar la familia, que representa el sujeto determinante del tejido social. El primado de la vida humana, desde su primer instante hasta su conclusión natural, aparece también como una urgencia impostergable.

Como puede observarse, los ejemplos anteriores llevan a reflexionar sobre nuestra capacidad para crear un proceso de transmisión de valores y contenidos que forman la identidad de poblaciones enteras; proceso capaz de enraizarse para construir un sentido de pertenencia a una realidad nueva y al mismo tiempo antigua. Nosotros católicos no retrocederemos en esta responsabilidad y no aceptaremos ser marginados. Nuestra obra de nueva evangelización comporta también este pasaje. Estamos convencidos de que nuestra presencia es esencial. Ningun otro  podría sustituirnos en la contribución esencial que nos pertenece y que ha marcado el curso de dos milenios de humanización sin fronteras. Sin la presencia significativa de los católicos, nuestros países serían más pobres, más aislados y menos atractivos. No queremos que esto suceda, y por ellos pedimos ser escuchados y puestos a prueba para verificar una vez más la riqueza de nuestra fe para el genuino progreso de la sociedad. La esperanza que llevamos tiene algo de extraordinariamente grande, porque permite mirar al presente, aún con sus dificultades, con confianza y serenidad. Es la esperanza que no defrauda; fuerte  a causa de una promesa de vida que supera todo límite y fija la mirada sobre lo único necesario: un Dios que ama y que ha compartido nuestra existencia humana. En una palabra, estamos llamados a producir un pensamiento que sea capaz de poner los fundamentos a una nueva época de cultura para las nuevas generaciones, permitiéndoles vivir la genuina libertad, porque se proyecta hacia la verdad. ¿A quién compete proyectar una nueva antropología capaz de fundamentar un nuevo modelo de sociedad? No ciertamente a una sola institución. Este es el momento de una sinergia capaz de sintetizar el patrimonio del pasado para interpelarlo a la luz de las conquistas que caracterizan nuestra época, para transmitirlo a las generaciones que vendrán después. Por nuestra parte, podemos decir que mientras el corazón del cristianismo será Jesucristo, el encuentro con El siempre necesitará de un impacto que permita ver con coherencia el contenido que se anuncia. El camino de la nueva evangelización está marcado; estamos llamados a renovar el anuncio de Jesucristo, el misterio de su muerte y resurrección, para provocar de nuevo la fe en El, mediante la conversión de vida. Si nuestros ojos fueran capaces de observar los acontecimientos que influyen sobre el hombre contemporáneo, sería fácil demostrar cómo este anuncio tiene todavía un espacio privilegiado. Debemos llamar la atención, de hecho, sobre el sentido de la vida, de la muerte, de una vida después de la muerte; en torno a estas cuestiones que marcan la existencia y determinan la identidad personal, Jesucristo no puede ser un extraño. Si el anuncio de la nueva evangelización no se apoya fuertemente sobre el componente de misterio que envuelve la vida y que se relaciona con el misterio infinito del Dios de Jesucristo, no tendrá la eficacia necesaria para pedir la respuesta de fe.