Miércoles, 09 Octubre 2013 13:58

Congreso Internacional de Catequesis

Congreso Internacional de Catequesis

  Ciudad del Vaticano, 26-28 de septiembre de 2013

CONCLUSIONES

El Catecismo de la Iglesia Católica, fruto maduro del Concilio Vaticano II, insiste acerca de la necesidad de un verdadero itinerario de iniciación cristiana para la transmisión de la fe que, de manera análoga a la vida natural, permita después del primer anuncio y la escucha de la Palabra una acogida del Evangelio que lleve a la conversión, a la profesión de fe y a su maduración. En las actuales circunstancias se requiere una inspiración catecumenal de la catequesis y el saber articular el primer anuncio y la etapa catequística, lo cual en la práctica constituye un presupuesto para poder llevar a cabo la nueva evangelización.

El Motu proprio Fides per doctrinam, con el cual S.S. Benedicto XVI transfirió la competencia de la Catequesis de la Congregación para el Clero al Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, subraya que la fe necesita ser sostenida por medio de una doctrina capaz de iluminar la mente y el corazón de los creyentes. Para tal fin la catequesis es una etapa que la Iglesia ha desarrollado, desde los primeros tiempos, para transmitir el contenido de la verdad que Dios ha querido comunicarnos, y ha buscado siempre la manera de expresarse con un lenguaje que no solo sea apto para los tiempos, sino que llegue al corazón de la gente para que pueda conocer el misterio revelado por Jesús.

El Catecismo, antes de iniciar con el prólogo, presenta algunas breves citas de la Sagrada Escritura en las cuales muestra el contenido fundamental de la enseñanza de la Iglesia, o sea la maravillosa unidad del misterio de Dios, su voluntad salvífica y la centralidad de Jesucristo. La catequesis, entonces, quiere enseñar de modo orgánico y sistemático esta verdad, para ayudar a los hombres que crean que Jesús es el Hijo de Dios y que en Él encuentran la verdadera Vida. Conocer y encontrar a Jesús, para amarlo, seguirlo y vivir como Él, es la vocación de los discípulos, que forman en la Iglesia una gran familia, cuerpo de Cristo. Por esto la educación en la fe es la mejor herencia que un catequista puede dejar a los demás.

Al establecer el Año de la Fe el Papa ha querido que uno de los principales objetivos fuera recuperar “la unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento” (Pf 10). La fe, por consiguiente, por ser también una respuesta al Dios que nos habla no puede ser ciega, sino que necesita conocer su contenido para que el creyente pueda luego descubrir y profundizar su identidad cristiana.

Este Congreso de Catequesis ha pretendido ayudarnos a comprender la urgencia de sostener, promover y formar catequistas capaces de afrontar los desafíos del tiempo presente, que sean conscientes del gran don de la fe y, al mismo tiempo, propongan el mensaje evangélico con un lenguaje que llegue al corazón del hombre y de la mujer de hoy, para que puedan convertirse en auténticos discípulos misioneros de Cristo. La Iglesia, por lo tanto, tiene necesidad de proponer itinerarios de iniciación cristiana, que a partir del anuncio del kerigma conduzcan a una verdadera conversión del corazón. El apóstol Pablo nos ayuda a entender esta realidad cuando dice: “Con el corazón se cree y con la boca se profesa” (Rm 10,10). El corazón indica que el primer acto con el cual se llega a la fe es un don de Dios y una acción de la gracia que actúa y transforma de manera profunda a la persona, y de ahí brota la necesidad de que coincida la verdad que se acepta en el corazón y la profesión de fe.

Las conferencias y las pequeñas relaciones que hemos escuchado en estos días, incluso a la luz del episodio de Emaús, nos han presentado el deseo de Dios que cada ser humano tiene en lo más profundo de sí mismo, como bien lo expresa San Agustín: “Nos has creado para ti y nuestro corazón no descansa hasta que repose en ti”. Dios se acerca a nosotros y nos revela su misterio de amor y la Iglesia nos transmite fielmente lo que ha recibido de su Señor y nos acoge y nos inserta en esa cadena de transmisión de la fe. En efecto, nosotros creemos porque hemos recibido la memoria que, por gracia del Espíritu Santo, la Iglesia ha conservado acerca de lo que Jesús anunció y vivió, y todos los bautizados estamos llamados a dar testimonio de la verdad de fe con nuestra vida y a comunicar a nuestros coetáneos el mismo Evangelio, con gran fidelidad pero al mismo tiempo esforzándonos para realizar una “inculturación teológica” que lo haga comprensible a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y en las diversas culturas.

 

Como síntesis de todo lo que hemos reflexionado en estos días indicamos algunos aspectos que pueden servir de conclusión.

1. La Iglesia es el sujeto primario de la evangelización, que se preocupa por anunciar el Evangelio a los no creyentes, como también a los bautizados que viven en una indiferencia religiosa. La comunidad cristiana, por lo tanto, es el origen, el lugar y la meta de la catequesis. Ella anuncia el Evangelio, invita a la conversión y al seguimiento de Cristo y acompaña no solo a los catecúmenos, sino que forma y acompaña a aquellos que sirven en la Iglesia como catequistas.

2. Ser catequista es una vocación, no un trabajo, que exige dar permanente testimonio de la fe, del amor a Cristo, y entregarse por completo al pueblo de Dios. El catequista, por consiguiente, debe siempre tener como punto de partida a Cristo, mantener una gran familiaridad con Él y dejarse mirar del Señor frente al sagrario. Ha de imitarlo también en el ir a buscar a los demás y ofrecerles el don de la fe, sin temor de andar a las periferias existenciales, porque el Señor siempre va adelante, fortalece y acompaña.

3. El mundo actual exige a los catequistas una gran creatividad, simplicidad de vida, espíritu de oración, obediencia y humildad, renuncia de sí mismos, mucha generosidad y auténtica caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres; en otras palabras, pide que en todo momento den un testimonio alegre de la santidad de vida.

4. La catequesis, que es una etapa privilegiada de la evangelización que está insertada dentro del servicio debido en primer lugar a la Palabra de Dios, debe encontrar las formas adecuadas para que el Evangelio se perciba siempre como Palabra de Dios que salva. El catequista, en efecto, no transmite un saber humano, aunque sea el más elevado, sino que comunica en su integridad la Revelación de Dios.

5. Si la Iglesia ha emprendido un camino de nueva evangelización, la catequesis no puede permanecer con las mismas características del pasado, sino que debe renovar sus formas de transmisión de la fe con nuevos métodos educativos, después de haber realizado un serio diagnóstico acerca de la situación actual de la fe y sobre el modo como se educa en ella y en el que se tengan en cuenta los lugares y los ambientes en donde se realiza. La adaptación de las enseñanzas inmutables de la Iglesia a las condiciones actuales de la gente debe mantener, sin embargo, un equilibrio entre los términos bíblicos y doctrinales y las reformulaciones y las adaptaciones de este lenguaje a la poblaciones que son catequizadas, sin traicionar su sentido verdadero y profundo.

6. Ya que en el mundo contemporáneo existen muchas personas que dicen ser creyentes, pero no conocen el contenido de la fe y no tienen una verdadera pertenencia a la Iglesia, incluso porque no hicieron la opción de fe, es muy importante tomar en serio el catecumenado, no solo como una preparación para el bautismo, sino como un instrumento que ayude a transformar en Cristo toda la existencia.

7. En medio de una sociedad marcada por el relativismo, en el que la pregunta acerca de Dios ya no interesa y la verdad se mira con sospecha, tenemos que presentar la persona de Cristo tal como nos enseña la Iglesia, es decir, como aquella Verdad que ilumina el misterio total del hombre. Es necesario, sin embargo, que lo hagamos con parresia, o sea con confianza filial, con gozosa seguridad, con gran ardor y con humilde audacia, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, con la certeza de que es Cristo quien nos instruye a través de la Iglesia.

8. Hoy más que nunca es necesario resaltar la dimensión misionera de la catequesis, lo cual comporta una seria formación de los catequistas. Una formación que logre conjugar el conocimiento de los contenidos de la fe y el testimonio de vida. Esta formación debe tomar en consideración a la familia, porque los padres de familia no solo transmiten la vida natural a sus hijos, sino que han de ser los primeros responsables de la transmisión de la fe con un testimonio de vida cristiana. Este testimonio en el seno familiar tiene un carácter insustituible.

9. Para transmitir y dar testimonio de la verdad revelada es necesario dejar que sea el Señor quien abra nuestros ojos a la luz de la fe, como sucedió a los discípulos de Emaús. La catequesis, por lo tanto, debe estar muy cercana, incluso profundamente unida a la liturgia, que constituye el espacio más adecuado para hacer hablar al misterio mismo y en el cual se hace presente la plenitud del proyecto de amor del Padre.

10. Hay que hacer entender a los fieles que la fe es un don de Dios, e igualmente una respuesta libre de cada uno de nosotros. Pero no se trata de una acción aislada e individual, sino de un acto personal y eclesial. Por esto la catequesis recibe de la Iglesia su objeto, es decir, el misterio de Cristo; su ambiente vital, es decir, la comunidad cristiana, y su objeto que consiste en hacer del creyente un miembro activo de la vida y de la misión de la Iglesia.

11. La comunicación de la fe cristiana en Dios es necesario vincularla a la memoria evangélica de Jesús y a la memoria de la fe en él. La memoria Jesu como principio y norma que deja ver el sentido universal del común origen y destino, cuya testificación del evento se encuentra en el Credo; la memoria fidei como argumento de la coherencia teológica de la didaskalia. El Evangelio escrito nos permite entender la correlación entre la historia de Jesús y el acceso a la fe y nos muestra con qué fuerza el acontecimiento del Señor sostiene nuestra fe en la historia de la Iglesia y de la evangelización. Sin embargo no se puede olvidar que la Escritura sin la Tradición es letra muerta y que la Tradición sin la Escritura pierde su raíz en la inspiración divina y corre el riesgo de convertirse en una simple obra humana.

12. Al transmitir la fe siempre se debe conservar pura la memoria apostólica, pero buscando un modo de hablar que no se quede en expresiones lingüísticas que solo nosotros los creyentes podemos conocer y que, a veces, se convierten en una jerga de simple supervivencia; por esto debemos encontrar palabras de vida eterna capaces de despertar el deseo del encuentro personal con Jesús.

13. Los modernos medios de comunicación intentan tergiversar y manipular el mensaje cristiano; por este motivo se necesita conocer sus técnicas de comunicación para poder encontrar un lenguaje apto, para presentar las enseñanzas de la Iglesia, que pueda comunicar con éxito el verdadero rostro de Dios lleno de amor y misericordia. El mundo digital y las redes sociales, no obstante los peligros que puedan comportar, son instrumentos que debemos utilizar para transmitir el mensaje del Evangelio al hombre de hoy.

 14. Frente a los grandes desafíos que se presentan a la diaconía de la verdad, sobre todo por el crecimiento del fenómeno de la secularización, debemos penetrar en el acontecimiento de Cristo, pero también en el testimonio de fe de los creyentes, con un conocimiento profundo de la historia, la tradición y la vida de la Iglesia. La catequesis, por consiguiente, al transmitir el mensaje de Cristo procurará presentar con claridad la visión cristiana del hombre, de tal manera que ofrezca el sentido pleno de la vida humana y de su vocación a la vida eterna.

 

+ Octavio Ruiz Arenas
Secretario del Consejo Pontificio para la
Promoción de la Nueva Evangelización